Adanowsky mató a sus personajes al final de cada gira. Ahora los resucita. Adan Jodorowsky, hijo del cineasta Alejandro Jodorowsky, presenta en Argentina “Amador y El Ídolo: una esquizofrenia musical” el 4 de noviembre en La Trastienda, un show que recrea sus dos discos fundacionales tal cual sonaban en 2009 y 2010.
La charla con Rolling Stone ES llega después de una serie de shows por México celebrando los quince años de Amador, y deja una confesión poco común en un productor con Grammys: todo ese ruido de agenda llena, dice, es una forma de esconderse.
Adanowsky vuelve a El Ídolo y Amador
Nacido en México en octubre de 1979, Adanowsky empezó hace unas dos décadas como un cantautor introspectivo, de melodías suaves y eclécticas, cuerdas celestiales y un universo espiritual. Con El Ídolo y Amador, sus primeros discos, enhebró la aguja de una carrera que hoy suma más de 40 álbumes, un puñado de películas dirigidas y shows internacionales en torno al tarot y la cosmología.
¿Por qué volver ahora? Porque en México la gente le canta esas canciones y se las pide. “Un día dije, bueno, ¿por qué no hago un homenaje y hago revivir a esos personajes?”, cuenta. La apuesta es mostrarles a quienes tenían 10 años hace 20 cómo era exactamente esa época: el mismo show, revisitado con la experiencia de hoy, pero “tal cual”.
Reencontrarse con esas canciones, dice, le provocó un entusiasmo tremendo en el escenario: “Es renacer de alguna manera. Es como decir, mira, este soy yo”.
De cantautor a productor con 5 Latin Grammy
Su otra vida es la de productor, y es una de las más influyentes en español de, al menos, la última década. Ha trabajado con Natalia Lafourcade, Mon Laferte, León Larregui, Bandalos Chinos, Beck, Karen O y Devendra Banhart, y ganó 5 Latin Grammy y 2 premios Grammy.
Él mismo admite que antes ni lo imaginaba: “Nunca me imaginé Grammy, éxitos”. Hoy se queda con otra cosa: la experiencia con el artista, las risas en el estudio, los logros con el sonido. Y cambió el enfoque: antes quería demostrar sus habilidades de arreglista; ahora quiere “esconderme y estar al servicio de la canción. Ser invisible”.
Para él, producir se parece a una terapia: hay que darle seguridad al artista y usar lo que llama “trampas sagradas” para que logre cantar.
El sufrimiento detrás de tantas transformaciones
La confesión más fuerte de la entrevista es esta: “Tengo una inquietud y un sufrimiento tan grande dentro de mí que me escondo a través de todos los trabajos que hago”. Cine, música, tarot, genealogía: todo le sirve para no aburrirse y no enfrentarse consigo mismo. Su agenda, dice, está llena y no descansa.
También reconoce que interpreta personajes y que, con ello, se esconde; lo más auténtico que hace, además de la música, es ayudar a otros, por ejemplo en sus talleres de constelación. Anticipa que llegará el día de una pausa para verse como es, y que “ahí tal vez mi arte cambiará”.
Sobre la espiritualidad es tajante: no habla de una “espiritualidad hippie, tonta, de ir a Tulum a bailar”, sino de fe, la de que no vamos a caer en el vacío. “Hacer arte es un acto de fe también”, resume.
Lo que viene para Adanowsky
La cita es el 4 de noviembre en La Trastienda. Y su postura frente a todo lo conseguido es clara: “Creo que cada momento es un momento importante y por eso estoy disfrutando mucho el ahora”.
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Foto de portada: vía Rolling Stone ES







